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Firestarter: “Vivir al límite”

Recordamos al fallecido vocalista de The Prodigy

Vie 22 marzo, 2019 - Diego Montanari
Etiquetas: Keith Flint Pablo Rebolledo Pablo Rebolledo Bañados The Prodigy
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La década de los 90s está pactada con el presagio de la muerte, sea a temprana edad o con el paso del tiempo, cumpliendo el relato de ser la maldición con la cual la mayoría de los artistas y músicos de esa generación han tenido que lidiar. No es solamente la agonía depresiva de una etiqueta comercial como lo fue el mal llamado “grunge”, o el descontrol de excesos del alegre britpop y su alocada juventud, entremedio de toda esa creación musical se estaba cosechando un experimento digno de ser un Frankenstein de todos los sabores y olores, de poca ética mental pero llena de nuevas ideas que irían a desorbitar todo lo establecido por la música. La electrónica en Europa tomó fuerza vanguardista y acelerada con la aparición de The Prodigy, y su insana mezcla de rave, punk, rock, techno y todo lo que en la juguera cupiera, dieron resultado al controversial trago que serían discos como “Fat of the Land” en la década. Pero no solamente el sonido de una generación viviendo a la par con los excesos daba sentido a la popularidad de este grupo, sino que también la maniática e incombustible presencia de su líder y cara: Keith Flint, alias Firestarter.

 

 

Son sabidos los comienzos de Keith dentro de esta propuesta revolucionaria de la música, él solamente era uno de los bailarines del género rave que esta banda mezclaba, pero él- no conforme con ser solamente un experto del movimiento- quiso llevar todo a otro nivel. No bastaba con dejar claro lo poco sano de una juventud más expuesta a la distorsión y los peligros de la calle, lo que conlleva tomar en cuenta el tráfico de drogas, la curiosidad por sustancias eufóricas y la suciedad de la prostitución, entre otros problemas. Él de alguna manera tenía que canalizar todo este promedio de odio, exceso, descontrol y música con una vestimenta llamativa que instara a reconocer inmediatamente al que sería el provocador del fuego de la protesta. Keith se corta el cabello por al medio como por instinto punk, se delinea los ojos con la pinta más gótica que se le ocurriría, y busca la ropa más gastada que encuentra en su balcón. Es ahí en donde el británico no solamente se convertiría en el cantante de The Prodigy, sino que también en la imagen del desorden colectivo cuando de fiestas se tratara.

Lo que producía la experiencia de este nombre influyente de la cruza indiscriminada de géneros musicales era un festín de locura que se servía en diferentes opciones. Como si de un menú versátil y tolerante se tratara, un trago mezclado hasta el extremo con cada ingrediente salpicándose antes de ser servido. Y con eso, a un líder que se inyectaba de adrenalina para dejar la barra alta en términos de performance y prender a su público, en diferentes entrevistas él enfatizó en la responsabilidad de no perder la concentración y reacción de su público en términos de energía. Si perdía el foco ahí, estabas condenado al fracaso. Keith hacía lo imposible para que eso no ocurriese, tirarse al stage diving, correr desde el escenario principal de festivales enormes, para acercarse a la cancha divida de al medio (imagina avanzar tanto sin parar, solo para dar tu show) y no dejar de encender cada rincón que pisaba. Él mantenía el desorden a su favor, y eso nunca dejó de ser así hasta su último show.

 

 

Una horca, demonios latentes y una separación amorosa detonaron la que sería la última llama de un frontman entregado a su arte y seguidores. Pero el logro más grande que nos regaló un desquiciado personaje como él, fue el hacer que gente metalera se interesase en la electrónica, que bailarines del rave se atreviesen a empujarse en un mosh o pogo. Permitió que un montón de etnias musicales dejaran de lado los prejuicios y disfrutaran todos al unisonó de rolas como “Smack My Bitch Up”, “Firestarter”, “The Omen” o “ Breathe”, hacer de este uno de los circos más grandes y potentes del mundo. Se extrañará a este atrevido del límite, a este adicto del peligro escénico, que ahora debe estar ensañándose con tanta leyenda de la música en el limbo. Hacen falta artistas que tomen más riesgos para transcender, él ya los tomó todos, tal vez eso terminó más rápido con su vida. Nunca lo sabremos, pero apenas escuchemos las guitarras distorsionadas y marcadísimas baterias de “Firestarter”, sabremos que él protagonista e incendiario Keith se nos vendrá a la menta de manera instantánea.

Que en poder descanses, Keith Flint.

Por Pablo Rebolledo Bañados

 

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