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King Crimson en Movistar Arena: “Mágico queda corto”

El debut de la banda en Chile

Dom 13 octubre, 2019 - Diego Montanari
Etiquetas: King Crimson Pablo Rebolledo Bañados
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Tuve que haber tenido 16 años cuando por primera vez escuché a King Crimson, y mi percepción de la música cambió por completo. Eran esos chillidos, esas estrategias y habilidades de percusión que eran complementadas por el jazz fusión más ácido nunca antes existente. Era un descubrimiento del cual abrí mis horizontes, y logré encontrar algo que antes no existía en mi ADN. Logré conocer la raíz del rock progresivo, en una curiosidad que terminó con ser mi punto de inflexión.

A principios de este año, se confirmó lo que fue impensado por muchos fanáticos de este género en nuestro país. Robert Fripp y compañía venían por fin, después de décadas, pisarían nuestro país con la banda. Y saben, fue todo un sufrimiento llegar a estar dentro de este Movistar Arena repleto con sus localidades tituladas por los diferentes discos de la histórica agrupación. Muchas barreras se crearon previo a esto, la primera fecha se había agotado, y la segunda estaba disponible en sus precios más caros. Todo se volvía una locura insana en querer encontrar una entrada, fuese tribuna o platea alta. Y quien iba a creer que, a tres días del evento, mi amigo Nicolás, iba a conseguirme la oportunidad de obtener el ticket mucho más barato. Pues ahí todo se volvió expectación.

Estar sentado al costado del escenario era un paso enorme para llegar al reinado sonoro y vanguardista de King Crimson. Ver posicionado cada elemento con las luces iluminando era ansiedad pura, más cuando en la regla de no celulares, muchos de los guardias estaban concentrados en atrapar al más pillo de los asistentes para que no se grabara nada. La única señal de partida que existió fueron dos carteles ubicados frente a los instrumentos, en donde se señalaba la indicación insistente de no usar ningún dispositivo. Eso, a lo que llegan dos guardias, mueven de lugar los afiches, y comienza a sonar la voz de una encargada anunciando que la fiesta iba a empezar, recalcando las reglas del show. Creo que es primera vez que escucho a un público tan eufórico con un par de instrucciones previo al show. Claramente era el paraíso, o lo más parecido para un fanático de la banda.

Y lo increíble pasó, todos los miembros ingresaron. Robert Fripp, siendo el fundador y más histórico del grupo, se quedó en una esquina observando callado, poniéndose sus audífonos con su guitarra. Mientras que Tony Levin alistó su icónico Chapman Stick al lado de Mel Collins en el saxofón y aires. Jakko Jaszyk en guitarra y voz, preparó su garganta. En el frente, y en sus respectivos tronos, Jeremy Stacey (con unos teclados de acompañamiento), Pat Mastelloto y el más joven, Gavin Harrison, se sentaron en sus baterías. La gente se paró en ovación, no era uno de los videos de antaño o el DVD de México, eran todos alucinando con la presencia de King Crimson por primera vez.

 

Como si el momento era ya lo suficientemente épico, pues la tripleta de bateros comenzó a hacer una ronda de redobles, una tras una, turnándose puestos, desenvolviéndose en sus diferentes escuelas musicales.  Simplemente fue un deleite que unos pocos estaban grabando en sus mentes. Y era inminente, The Hell Hounds of Krim estaba siendo interpretada con majestuosidad y una coordinación ridícula de maestría. Eso mismo se repetiría mientras el show avanzaba de manera soberbia e impactante. La locura se desató, pues con Neurotika se comenzó a ver cada uno de los talentos futuristas de sus integrantes, con esas corridas de bajo rápidas, y los efectos extraterrestres de Fripp haciendo eco por primera vez en Santiago. La ejecución de sonido fue perfección pura desde ese instante hasta el final, nada falló y todo fue una calidad atemporal. Se estaba despertando a Poseidón de un instante a otro, cuando Pictures of a City, con su distorsión y su atrevida propuesta de jazz, tenía rendido a todos los presentes con tan solo el tercer tema del setlist.

¿Han sentido escalofríos instantáneos de una canción? Pues cuando In The Court of the Crimson King comenzó su sonata de manera inesperada, pues las espinas dorsales y la alegría de los fanáticos fue de verdad contagiosa. Comenzaron a sentirse algunos murmullos tratando de cantar a pulmón el coro de la canción, mientras otros se dedicaron a alucinar con tal pieza musical. Esa misma sensación de éxtasis y epicidad sacadas de su álbum debut, se convirtieron en notas mágicas que nunca se esperó escuchar con esa claridad y suspenso. Poder rendirle homenaje al rey Carmesí como se debía, cantando las notas al unísono. Escuchar los riffs pesados y adelantados a su tiempo de Red también fue un quiebre importante, de esa etapa más oscura de Fripp explayándose mayormente con la tecnología a sus manos. Pero en donde el ambiente se convirtió en un aire fresco de cambios y en una instancia hermosa de complejos sonidos fue en Moonchild, desde ahí, la temática comenzó a percibirse mucha más íntima. Incluso, la banda hizo relucir un respeto enorme frente a los turnos que cada miembro tenía para demostrar su narración instrumental. Mel Collins fue uno de los puntos fuertes en esta interpretación, mientras finalizó este acto, se comenzó un juego de bombos y platillos con el cual uno de los temas más interesantes de su etapa ochentera sonó.

Si, Indiscipline logró mostrarse con arreglos más melódicos en las voces, reemplazando la locura esquizofrénica de su cantante y compositor de ese entonces, Adrian Belew. Pero que en instrumental fue de verdad una cosa insana de presenciar por sí sola, la cual uno cabeceaba a los sonidos disonantes de una de las obras más cuestionadas de la banda, por su uso de recursos de la década. Acá fijo los protagonistas que se robaron las miradas fueron los bateristas, en donde la atracción, Pat y Harrison, demostraron una química enorme, mientras Stacey hacía acompañamientos de percusión precisos. Y para darle fin por un rato de 20 minutos de intermedio, Jakko cantó la última frase en español, exclamando: “Me Gusta”.

 

La segunda venida se acercó con mucho más apego a las sensaciones medievales de su disco Lizard, en donde el tema homónimo y Cirkus pudieron hacer un relato propio de esa década que vio a una de las formaciones de la banda que nunca pudo presentarse en vivo.  Claramente, esto con más enfoques en la improvisación de caja y aires, mientras los teclados se inundaron en tensión. Y de alguna manera, Level Five nos estuvo preparando para una seguida de canciones que dejaría a los presentes como reyes. Los acordes de Epitaph estaban declarando el acercamiento del cierre de cortina para esta velada. Con sus armonías melancólicas y sus impresiones existenciales sacadas de su primer disco, alargando el tema con el aullido de la gente cediendo con mayor confianza al coro cuando se acercaba. Fue ahí mismo que una de las piezas más hermosas y pesadas del disco Red comenzó a sonar en las mágicas manos de la guitarra de Robert. Para el deleite masivo, pues Starless fue un antecedente enorme de sensaciones extrañas, embellecidas con efectos de autoría del músico, que, durante toda la duración del tema, fue el protagonista con su mellotrón y su calmada ejecución.

Termina la canción, y la ovación era una ola eterna de aplausos. En Chile hay momentos bullangueros, de cánticos igualmente con bandas de estadio, pero King Crimson con todo el recinto de pie, soltó una espera de más de 50 años, fue una postal para el recuerdo. Esto habiendo terminado el tema anterior en rojos diabólicos, mientras la canción se convertía en una densa subida. Pues, eso del todo no iba a quedar así nada más. Para la catarsis, el mejor ejemplo musical de rock experimental, la base de la locura musical con la cual pasaron a la historia, los riffs de 21st Century Schizoid Man fueron una explosión de diversas satisfacciones para el oído exigente, y una gran proyección para finalizar una noche histórica en términos de recitales en nuestro país. Los seguidores soltaron sus melenas a partir de esta gran pieza musical de fines de los años 60s.

Créanlo, tratar de resumir toda esta sensación de shock, alegría, suspenso, goce y explosión no fue nada sencillo. De por sí, la música de King Crimson no lo es, pero el hecho de volver a los tiempos antiguos, donde no había tecnología para opacar shows, fue un ingrediente esencial para toda la noche. ¿Por qué tanta restricción? ¿Qué era lo tan importante que no se podía grabar? No eran visuales espectaculares, shows de luces o la pirotecnia más cara del lugar. Eran solo 7 seres humanos, haciendo explayar la música con nada más y menos que talento, solo para unos afortunados que guardaron en sus cabezas cada momento. Mágico queda corto, y magistral tal vez se acerca. Lo más posible es que al final de esta reseña, seguiré preguntándome la respuesta definitiva a lo vivido la primera noche de este evento.

 

Por Pablo Rebolledo Bañados

 

 

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