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Layne Staley: Encadenado a sus demonios

  Hay una ilustración anónima que se encuentra rondando- de vez en cuando- en algunos […]

Jue 05 abril, 2018 - Diego Montanari
Etiquetas: Layne Staley Pablo Rebolledo Bañados
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Hay una ilustración anónima que se encuentra rondando- de vez en cuando- en algunos foros dedicados a la memoria y legado de los mayores cantantes de la escena musical de Seattle de los años 90s, representados por el rebelde e incomprendido “grunge”. En esta pieza de arte podemos apreciar a los 4 frontmans que fueron fundamentales para la década, y cada uno con un aura de fondo, el cual representa la energía que cada uno irradiaba en su presencia y composiciones. Kurt Cobain muestra un jardín deteriorado y gastado, Eddie Vedder en total empatía, se ve conectado con sus raíces y la naturaleza humana, mientras que Chris Cornell-entre místicos espirales- se le ve imponente y seguro, mientras arrodillado observa su alrededor. Pero dentro de este cuadrado lleno de grandes figuras musicales, uno solamente se encuentra postrado en un tipo de esquina con sus ojos cerrados, mientras el fuego inflamable del infierno se apodera de su alrededor, sin bajar la intensidad. Layne Staley -voz irremplazable y sufrida de Alice in Chains- es el protagonista de aquella viñeta.

 

LayneStaley

 

Hay discusiones repetitivas dentro de los fanáticos/as y amantes del rock noventero, y es que siempre se llega a decidir quién fue el mejor frontman de esos tiempos tormentosos. Pero la verdad es que la subjetividad se ve -en ciertas ocasiones- opacada por los hechos, que solo remiten a la verdad casi absoluta de quien fue la voz emblemática de esa era. Layne Staley es simplemente el mejor en lo que hacía, sin adornos, sin reparos, simplemente dispuesto a entregar cada dolor interno con sus oyentes, pero ¿Qué lo hace tan especial? Layne Staley nace en un nicho de debilidades humanas, desde un comienzo que él mismo se vuelve espectador de las tardías visitas de su padre, y las veces que este se emborrachaba y drogaba en su casa mientras él apenas era un chico con un sentido artístico agudo, y afiliado a la música. Los traumas suyos siempre fueron una formula de enfermedad que-sin reparo y alivio- dieron vida a las canciones que Alice In Chains recitaría respecto a los vicios, la muerte y la vida. En donde para algunos había belleza y armonía, para él siempre hubo un incendio alimentado por las malas pasadas, un combustible mortal el cual amenazaba con terminar con todo.

 

 

Desgarradora expresión de múltiples dolores, una instantánea gota de gasolina que se desordenaba en su canto, y que de inmediato quemaba con sus inmortales monstruos interiores. Hay algo que quedaba claro siempre, y es que al menos lo que él lograba en el escenario era una mera capacidad de retratar el sufrimiento como una necesidad personal. No había razón de ser feliz, porque no la había, pero aún así él se atrevía a desafiar al maldito diablo con su estancia joven en la tierra. Una cadena dañina fue su embrión, y esta misma fue la que terminó apagándose ese fatídico 5 de abril de 2002, en total soledad y anestesia de sus vicios. La muerte de Layne Staley marca un antes y un después impredecible, una fragilidad que la música nunca había podido tocar con seriedad o calma. El indeleble descubrimiento de la mortalidad, y las consecuencias a la cual están atadas en su entorno, en donde las drogas y distopías sociales son un pan de cada día. Esa misma maldición con la cual el nace, lo termina borrando de variados tributos y enormes elogios. Si bien en su pasado conocidos músicos han tenido malos pasares y desastrosas anécdotas, siempre se vio un tipo de evasión frente al gran cantante, letrista y compositor que fue la garganta de la agonía y el dolor en tiempos delicados. Tanto que hasta el día de hoy, son pocos los documentales los cuales tratan de profundizar en su vida, o simplemente ver que Alice in Chains no figura dentro del Salón de la Fama del Rock, siendo que ellos fueron fundamentales para la escena.

Más que un homenaje a un cantante talentoso, potente y desgarrador, es un recordatorio de lo importante que es la pelea interna, y de lo frágil que esta llega a ser. El 5 de abril marca un día mortal para el 2002, porque otra llama incendiaria de la época se apagaba, y en total disfonía. Layne nos deja un regalo hermoso respecto a lo que interpretar las emociones sin pudor respecta, a no dejarse llevar por imágenes ni estereotipos, sino por lo que uno realmente siente en el momento, y sin necesidad de fingir. 

En una conversación anónima, durante la misma fecha, un colega le pregunta a su amigo ¿Habrá llovida el día que murió Layne?- en alusión a la canción- No lo se viejo, pero al menos simbólicamente, en Seattle siempre llueve, siempre.  

Pablo Rebolledo Bañados

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