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Montserrat Martorell: “Cada capítulo es un golpe, una rotura”

“La última ceniza” se titula la primera novela de la periodista y escritora chilena. Una obra que profundiza en el amor y en el dolor desde personajes que habitan una realidad en común.

Mie 07 septiembre, 2016 - Diego Montanari
Etiquetas: Erika Cabrera La última ceniza Montserrat Martorell Oxímoron
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Es la historia de “Alfonsina” y “Conrado”, dos vecinos desconocidos de un edificio del centro de Santiago, cuyas vidas cambiarán a partir de su primer encuentro. Se trata de una novela que roza tópicos como la obsesión, la soledad, la sexualidad y el maltrato, en el marco de un relato intenso, feminista, complejo y psicológico. Dato aparte es que Montserrat ya está terminando su segundo libro, que espera lanzar en los próximos meses.

 

Al ser tu novela debut, ¿qué significa para ti “La última ceniza”? ¿La tomas como la primera de muchas?

-“La última ceniza” es el inicio de un viaje. A veces íntimo. A veces mío. A veces no tan mío, pero que empieza a despegarse, a cruzar las fronteras, a convertirse en una historia que llega a otros que sucesivamente también se convierten en otros. Parece curioso que algo que al parecer tiene que ver con un final, sea en realidad una apertura, la idea de comenzar un camino… De alguna manera es un libro que abrirá otros libros, otras historias, nuevas y viejas emociones, nuevas y viejas vidas. Creo que sí, que será la primera de muchas, que estamos en el principio, antes del después y que, como escribió Antonio Machado, se hace camino al andar. Yo quiero y pretendo vivir de la escritura, y estoy trabajando todos los días para ello.

¿Cómo concebiste originalmente la idea para el argumento?

-El libro nació como un cuento, en una clase del Master de Escritura Creativa que hice en la Universidad Complutense de Madrid. Fue en el invierno europeo de 2013, pero no concebí esos fragmentos como una novela hasta semanas después, cuando el profesor y mis compañeros me dijeron: “¡tienes que seguir con la historia, queremos saber más!”.

 

En ese tiempo tú vivías en Madrid…

-Sí, en un edificio antiguo en la calle de Tremps y siempre escuchaba los tacos en el suelo de mi vecina de arriba. Ese día, cuando llegué a la clase y el profesor nos dijo que escribiéramos sobre lo que quisiéramos, cerré los ojos, me concentré en la historia y empecé a mirar por el ojo de la puerta de dos vecinos y sus vidas cruzadas, inspirado en el lugar donde yo vivía entonces.

 

¿Y cuánto tiempo te tardaste?

-El trabajo de escritura duró algunos meses. Había mucha compulsión literaria en mí, muchas ganas de contar, muchísima necesidad de poner en palabras historias, problemas, momentos, emociones, personas reales, personas inventadas. Por eso, a veces da la sensación que la novela es un pequeño torbellino que asalta y asalta el corazón del lector. No hay tregua en “La última ceniza”.

Los protagonistas, “Alfonsina” y “Conrado”, ¿existen en la vida real?

-Una amiga me dijo el otro día: “todos somos ‘Alfonsina’”. Y creo que es así. Todos nos vemos reflejados en su vida, pero también en la de otros personajes como “Laura”, “Federico”, “Conrado” o “Beatriz”. Conocemos gente como ellos. Pudimos ser ellos. Son nuestros padres, nuestros hermanos, nuestras parejas, nuestros amigos, la gente que vemos y no vemos en la calle, la gente con la que coincidimos a veces en el Metro y cuya presencia podemos hacer más o menos conscientes. Mis personajes saben ponerle un nombre a la herida, viven la herida y nosotros, los que estamos detrás, habitamos también dolores y espacios rotos e inacabados. No somos tan distintos. Y eso, el lector lo asume de alguna manera como verdad desde la primera frase. Quizás, porque es la historia de un amor roto, fragmentado. Quizás, porque los personajes de la novela se sacan las máscaras, y vemos la intimidad desde sus ojos y los conflictos desde muy cerca. Son historias que pasan y pasan en cualquier tiempo, en cualquier ciudad, en cualquier época: un hombre y una mujer, sus vidas paralelas, sus obsesiones, su infancia partida en dos, en tres, en seis. Personajes anónimos que habitan historias anónimas, que nos tocan y nos conmueven, y nos dejan pensando.

 

 la última ceniza

La última ceniza (Oxímoron, 2016)

 

Son bien complejos, a nivel sicológico…

-Son personajes rotos que tienen el alma rota, vidas rotas. Personajes existenciales que arrastran angustias, pasiones, golpes de luz, pausas violentas. Creo que todos intentan romper con ese destino, pero no pueden y se quedan en ese lugar que es una especie de limbo, medios suspendidos en el tiempo. Mis personajes viven cosas difíciles: muertes prematuras, amores complicados, abusos, locuras, deseos, sangre… Están atrapados en un destino, en una historia y no saben cómo sacarse sus sombras, porque son también demasiado grandes.

¿Por qué decidiste retratar el maltrato de género encarnado en “Alfonsina”?

-A mí me interesa escribir sobre mujeres, sobre su libertad, sobre las cosas que arrastran y no arrastran con esa libertad. No escribí “La última ceniza” pensando qué quería decir o qué quería contar. Sí tenía ciertas nociones, ideas y emociones al momento de empezar los primeros capítulos, pero creo que la historia fue llegando sola, a cuenta gotas. Los personajes me hablaban. Soñé el final en mi cabeza. Y “Alfonsina” era eso. La imagen de una mujer exitosa, guapa, inteligente, y lo que le cuesta asumir, ver, reconocer. La sensación de mirarse en el espejo y no encontrarse. Una identidad quebrada. Una libertad que no tiene el nombre de la libertad. Una mujer que es muchas mujeres. Que es maltratada física y psicológicamente por su pareja que parece, desde lejos, desde fuera, también una estrella. Y ella lo acepta y lo protege y lo calla, y sigue enamorada a pesar de la violencia, a pesar del dolor, a pesar de que no es feliz. Su infierno es solitario, su infierno es invisible. Sus problemas no son problemas para nadie, ni siquiera para los que están más cerca. Eso me preocupa. Me preocupan las heridas del otro que nunca vamos a ver, porque ni siquiera somos capaces de ponerle un nombre a nuestra vida. Porque estamos preocupados de otras cosas. Porque no nos interesan tanto, como decimos, los demás. Porque no confiamos en nuestros amigos como para gritar, para pedir ayudar. Porque nos duele reconocer los fracasos emocionales que trae la vida moderna. Porque hacemos juicios, todos los días, a todas horas, sobre gente de la que no sabemos nada. Una sociedad quebrada, un poco en crisis, donde la información abunda y los significados son cada vez más débiles.

 

¿Te afecta particularmente la violencia?

-Me duele la violencia en este tiempo, en todos los tiempos, en nosotros, hombres y mujeres que al parecer estamos resueltos y, sin embargo, tenemos demonios muy grandes caminando por las calles. Bestias que se esconden detrás de una linda sonrisa, de unos lindos ojos, pero que existen, que son reales. Aunque la novela también aborda otros tópicos importantes. Está la sexualidad -cómo vive hoy, en el 2016, una mujer su sexualidad, lo que le duele y no, lo que habla, lo que siente, lo que calla-. Está el aborto, la locura, los vínculos, las relaciones sociales, las máscaras que usamos cada día y que vamos cambiando y cambiando hasta no saber quiénes somos, el rol de una madre que siente que no puede hacerse cargo de sus hijos, la fuga, el abandono, las mentiras cotidianas… Yo no sé qué es eso de la autenticidad, escribía José Donoso. A mí me pasa algo parecido. Yo quería contar una historia, la historia de un encuentro que remece todas las posibilidades. Una historia que tiene muchas historias; parejas que quieren estar juntas, pero no pueden. Un matrimonio que pierde a su hijo. La fractura que queda en su alma. La disolución de una familia. Los secretos, los celos, la sangre, también el cuerpo. Una historia polifónica, una historia de nostalgias, de tiempos partidos, de angustias que trae a veces la existencia.

 

Y en lo concreto, ¿qué buscas transmitir con tu narración?

-Me gusta escribir sobre nuestro tiempo imaginario. Lo cotidiano. El presente quebrado. Ese que vivimos, ese que pasa mientras estamos ocupados en hacer otras cosas. Me gusta la idea de que la gente se deje llevar por una historia, por las palabras, por un mundo inventado que al fin de cuentas no es tan inventado porque es el que habitamos, el real, el nuestro. Mi búsqueda está en que los lectores se envuelvan, se pregunten, se cuestionen, piensen, sientan, se dejen llevar por los personajes y busquen los significados y las respuestas y la vida. Que se encuentren detrás de cada palabra, de cada momento, de cada sueño que hay escrito en estas páginas y se respondan qué es el amor, por qué huimos, de qué tenemos miedo.

¿Apuntas a un público en particular?

-No. Es un libro para todas las edades. Para hombres y mujeres que quieran mirar la vida desde otra parte. Pensar, repensar las relaciones humanas, los amores, hacerse preguntas en voz alta sobre su vida, llegar a algunas respuestas. Es una novela profundamente psicológica que lleva a plantearnos nuestros propios laberintos, nuestras propias máscaras porque nos mete en la vida de personas que tienen miedos y cuya búsqueda es siempre perpetua. Cada capítulo es un regreso al pasado de la historia de una mujer. Cada capítulo es un golpe, una rotura. Son personajes que cautivan, que remecen, que te asustan, que te obligan a mirar para atrás y para adelante. Que te sacuden, que te golpean, que te muerden muy despacio el cuello.

¿Te gustaría internacionalizar tu carrera como autora?

-Como me dijo un profesor en España, los escritores de hoy somos extranjeros de nacimiento, desterrados del alma. La persona que nace en Japón y vive en París, el mexicano que se va a estudiar a España y termina casado con una holandesa en Ámsterdam. Personalmente tengo muchas patrias. He vivido en Buenos Aires, en Santiago de Chile, en Madrid. Viví algunos meses en Francia, pasé una temporada recorriendo Asia. He viajado todo lo que he podido y esos lugares conforman lo que soy. Bolaño le aconsejaba a los jóvenes escritores leer, viajar y amar mucho. Esos consejos tienen que ver con la vida, con las pasiones, con el descubrir y descubrirse permanentemente. Los viajes son importantes porque te sacuden la cabeza, porque te llenan de fragmentos, porque te llenan de patrias y tu corazón termina siendo un arsenal de lugares y gente y banderas, y eso siempre puede ser muy constructivo y muy bonito para la imaginación del poeta, del escritor. De alguna manera las fronteras hoy están un poco partidas, uno escribe para romper los espacios y, en ese juego que trae la vida, a uno le gustaría que las palabras vuelen por todas partes. Hay que democratizar la literatura. Hay que romper ciertos paradigmas.

 

¿Qué se viene respecto a la promoción de tu libro?

-Estuve en Buenos Aires y Punta Arenas. En los próximos días viajaré como invitada internacional a la Feria del Libro de Guayaquil, haré una charla en la Universidad de las Artes, estaré en Quito realizando un par de presentaciones y en enero volaré con “La última ceniza” hasta Madrid.

¿Y continúas también vinculada a la docencia?

-Sí, actualmente soy profesora en la Universidad Autónoma de Chile y hago clases de filosofía, literatura y narrativa. Estoy muy involucrada con la academia, porque además estoy haciendo mi Doctorado en Literatura Hispanoamericana, en la Universidad Complutense de Madrid sobre la escritura femenina chilena.

 

Por Erika Cabrera

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