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No fue un tutorial para talar alerces

      Fue a mediados de Mayo. Lo recuerdo porque ese día regresé a […]

Mar 25 julio, 2017 - Diego Montanari
Etiquetas: Antonio DiMaggio Como talar un alerce
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Fue a mediados de Mayo. Lo recuerdo porque ese día regresé a mi casa más derrotado de lo habitual. Era un viernes crepuscular, color miel, y me había quedado sin trabajo y sin compinche; fue una jornada intensa desde todos los ángulos, como pude comprobar después. Si bien, no me importaban sustancialmente ni una de las dos cosas en sí, juntas significaban todo mi esfuerzo por apreciarme útil (ojo: no soy depresivo ni nada por el estilo [la psicóloga me lo confirmó], solo que sostengo las cosas, el mundo si es que se quiere, por su propio peso). Bueno, como se puede inferir no tenía ganas de salir esa noche, ni para desahogarme con mis amigos, que ya me habían invitado a jugar Mario Kart toda la noche, ni siquiera para vengarme secretamente de la susodicha.

-Todos tenemos desgracias y miserias ocultas, lo importante es contenerlas para afrontarlas en su debido momento- dijo un intelectual contemporáneo. Así que ese día me quedé en mi pieza, meditando y tratando de olvidar, distraerme en otras cosas. Y como es sabido, internet es el lugar ideal para salirse un rato de la realidad, o quizá acercarse de otro modo, no lo sé realmente. Lo que sí, te abre ventanas a mundos desconocidos, a expresiones de otras órbitas. A música nueva.

La publicidad de la empresa de Zuckerberg me los mostró por primera vez. Eso que nunca hago caso a estas sugerencias, ya que casi siempre me defraudan (desconfío de los que fuerzan el arte; si no es lo suficientemente bueno, se paga. ¿Suena lógico?…). De esas frustradas experiencias tuve bastantes, aunque otras fueron mejores, las cuento con una mano. Pero esta vez fue diferente. Desde el primer momento escuché una nueva forma de aproximarse a la matriz que existe en la música. No hablo algo de fondo, me refiero a las sensaciones que te envuelven cuando se disfruta de una obra de arte, esa sensación de estar en casa, en tu lugar. Y no exagero. No soy un especialista en el tema, así que me declaro un aficionado; solo plasmo lo que vivo.

Me llamó la atención la carátula del disco. A primera vista pude reconocer los colores que tendría al escucharlo. A segunda vista, sus formas. Fondo pálido, a contra luz. Con un sol escondido tras árboles que prolongan su oscura sombra color turquesa sobre el lago. Y encima de este, dos botes que navegan perpendicularmente entre sí, con un ocupante cada uno. Solitarios con sus remos pero en un mismo plano; cerca y lejos al mismo tiempo. Nunca sabremos que pensaban. Pero que importa, si se ven tan acompañados, aunque distantes.

Luego vino la música…

Esa noche dejé que me cautivaran los sonidos rústicos y siniestros de Como talar un alerce ¿Extraño nombre no? Lo escuché una vez a la rápida, pero algo noté. Así que aparté las lecturas habituales, que luego me di cuenta que combinaban perfecto con la música, para retomarlas el día siguiente. También cerré las pestañas que cargaban una serie que veía en ese tiempo, creo que era Westworld. Luego fui a la pieza de mi hermano en silencio y regresé con las manos llenas, si es que saben a lo que me refiero. Me recosté en mi asiento y le di otra vuelta al álbum, que dura exactamente 29:03.

Si les contara cuantas horas le dediqué al disco en esa solitaria noche no me creerían, pero vi el amanecer con Últimos días en casa, penúltimo del tracklist. Si supieran cuanta felicidad, cuanta melancolía y de cuanta tristeza fue testigo mi habitación esa noche, dejarían de leer esta columna por pena (o risa, lo más probable). Pero eso no viene al caso. Les mandé el link a mis amigos, y a todos les encantó. Uno de ellos también quedó pelando el cable con las canciones.

Esa semana me adentré en su música, identifiqué sonidos y (extrañamente) recordé lugares. Tarareé sus pegajosas melodías una y otra vez. Hasta mi hermano se aprendió algunos temas. También supe que la banda había agendado una (única) fecha para el 2 de Junio en la Sala Master, así que con lo que me habían pagado del finiquito, ansioso fui a comprar dos entradas. Dos porque no quería ir solo, y por qué no decirlo, esperaba un milagro en ese momento relacionado con la susodicha. Pero no sucedió. Así que le dije a mi amigo (Moyet es su nombre) que me acompañara y que me pagara cuando pudiera. Y así lo hizo.

Llegado el día de la tocata nos juntamos con Moyet en metro Salvador, pero todavía faltaba una hora para que empezara el show. Así que nos fuimos a tomar algo, a distenderse como dicen los siúticos. Luego de un terremoto en promoción, nos fumamos un cigarro en la cuneta para después dirigirnos a la Sala. Cuando llegamos nos dimos cuenta que el lugar estaba repleto. En la antesala del recinto, lugar donde chequeaban a los que habían pagado la entrada, estaba lleno de chiquillas entre veinte y veinticinco años, todas bellísimas, como la Hepburn pero con el estilo de la Pizarnik, inexplicable. Nos mirábamos atónitos, no lo podíamos creer, nos sentíamos en el paraíso. Había cerveza, pero solo atinamos a balbucear mi nombre para luego entrar.

Gran parte de los asientos estaban ocupados por amigos y familiares de los integrantes. Ancianos y niños corriendo por todas partes ofrecían un ambiente hogareño que me hizo sentir bien. Los asientos de la primera fila estaban desocupados, así que, aturdidos por los estímulos recibidos en la antesala, buscamos asiento rápidamente frente a los instrumentos, específicamente a un costado del escenario. Teníamos una vista privilegiada, por lo que, ya ubicados, me dediqué a observar como extranjero en país ajeno. Había un sinfín de instrumentos; guitarras, bajo, contrabajo, batería, un teclado, un chelo, trompeta, más guitarras. Todo rodeado por luces de navidad que separaba el escenario del resto de los mortales. Tenía un aire a divinidad, en el buen sentido de la palabra. La gente que faltaba empezaba a completar las butacas de la Sala Master.

“ESTO NO ES UN TUTORIAL PARA APRENDER A TALAR ALERCES” decía un lienzo gigante detrás del escenario. Lo leí varias veces para tratar de comprender que decía realmente; creo haberlo logrado. Las luces empezaron a decaer y los últimos comensales ya se habían acomodado. Empezaba el show. La primera banda, cuyo nombre no recuerdo, pertenecía al tecladista de Como talar un alerce, como comentó después del segundo tema. Tocó tres piezas muy distintas entre sí, un bolero, un jazz y una canción más pop al final, todo con la prolijidad propia de músicos profesionales. Se daban indicios de lo que sería la noche. Luego vino un músico que se parecía a un vikingo, pero moderno, solo con su guitarra, dijo que estaba próximo a sacar su nuevo disco. Ojalá le vaya bien.

Lo interesante de la puesta en escena, es que luego de la primera banda, automáticamente se presentó el segundo número, y este último, luego de finalizada su actuación, presentó a la banda principal. El desfile de músico no se hizo esperar, fueron al menos siete los que ingresaron con evidente cara de estupor. Pero eso no los desconcentró. Se ubicaron en sus respectivos lugares, comprobaron que todo funcionaba perfecto y se miraron develando confidencia.

Luego vino la música…

Esa noche nuevamente dejé que me cautivaran los sonidos rústicos y verdaderamente siniestros de Como talar un Alerce. Empezaron en el orden del disco con Quiero bañarme en ese río. Canción que inicia el viaje en medio de una fogata, al fondo de un bosque, donde suenan acordes de un charango acompañado por la dulce y pegajosa melodía de la trompeta. También un suave piano, casi imperceptible, pero que le da toda la densidad al tema. La voz no se quedaba atrás, es la piedra angular de lo narrado, bien lo sabe José Antonio Mena, cantante y líder del proyecto, quien acompañado de Lucas Harcha, combinaban armónicamente sus matices vocales. Al final de la canción, este último hace un solo de golpes de manos y muslos que encontré magistral, nunca se me habría pasado por la mente que ese sonido saliera de algo tan mundano.

Prosigue la velada con el tema que le da el nombre al disco y a la banda. Su sonido demuestra que la música no se conforma con las formas tradicionales de expresión. Va más allá. Se manifiesta en la medida que se erigen otros espacios posibles dentro de un mismo lugar. En cuanto cobija capa por capa, a través de una frecuencia dispersa, cada átomo del lugar; te traslada a una realidad que parece ficción. Empieza con unos lejanos sonidos silvestres que se acercan a través de una guitarra arábica. Esto, para dar la impresión de proximidad con el motivo de la expedición, todo es parte de un ritual. Voces de monjes revisten de sacramento la escena, quizá aludiendo a las ceremonias católicas del Chiloé colonial, donde se ocupaba resina de alerce como incienso. Extrañé la motosierra, pero se entendió todo con la caída estruendosa de Como talar un alerce.

Luego vino el bossa preferido por los niños que fuimos esa noche. Matar al asador, que con sencillos (pero elementales) acordes, ofrece una atmosfera de ascensor en subida, de espera sin apuro; de un letargo placentero. La inolvidable trompeta (tu tu rururu ru ru) calza preciso entre los compases que dirigen los rasgueos. Entremedio un teclado que emula una marimba, la cual impone una refinada elegancia, me recordó el tema Blue Bossa. Esto último cortesía de Cristián Bravo, un capo. No podía faltar el gran final. A través de un invisible, pero agradable cambio de ritmo, que trasporta con holgura el bossa hacia un terso jazz, finaliza con un solo de guitarra a cargo de Raimundo Santander, jazzista de oficio.

Crepitar: ruido que hace la madera u otra cosa al arder. Ese es el significado definido por la RAE; es el chasquido que emiten las brasas ardientes a causa del oxígeno. Esta canción la experimenté con los ojos cerrados, sabía a lo que me afrontaba. Me sentí en medio de un sueño, donde se danzaba al ritmo de las llamas, tal como las brujas del medioevo. El espíritu épico que enarbolaba la historia contrastaba diametralmente con el lugar y el público, lo supe en el corto espacio que abrí mis ojos para ver lo que sucedía. Caras estupefactas y un respeto sumiso a la obra. Así que los volví a cerrar inmediatamente. El chelo era la clave en este arco de medio punto. A ratos, se parecía al disco Into the wild que hizo Vedder, pero Crepitar era más cercana según mi opinión.

Antes de dar inicio a la siguiente canción, José Antonio Mena nos propone pensar en las personas más detestables que conocemos, a las que nos gustaría que tuvieran un mal sueño, con pesadillas incluidas, tanto que al otro día tengan miedo de esperar la noche siguiente. Se me ocurrieron varios nombres. El tema en cuestión es Canción de cuna para Miguel Krassnoff. Que es, relativamente, una tonada para dormir; pero no cualquiera. Empieza tranquila en sus acordes, meciendo amenamente al público, haciendo creer que todo iba a terminar tan bien como empezó. Pero luego del dulce placebo, de a poco todos empezamos a caer por un precipicio infinito, que significaba solo una cosa: el terror puro. Acompañados por la voz del vikingo versión moderno (el solista), parodiaban los sonidos de una canción de metal industrial, pesados, con rabia de por medio. El público, me incluyo, estaba incómodo, expectante de cuando iba a terminar el suplicio. Pero esa era la forma que se esperaba, al parecer esa era la idea de la canción. Proporcionar un aura oscura que desencajaba todo lo escuchado anteriormente. Creo que se cumplió con el propósito.

Ya entramos a tierra derecha. Mi canción favorita del disco, Panama papers. Que habla sobre el “oscuro mundo de las finanzas globales”, haciendo alusión a la bullada filtración de información que dejaba en evidencia propiedades ocultas y evasiones tributarias por parte de gobernantes y poderosos de casi todo el mundo, también Chile. Este bossa inspira sosiego. Si fuera posible me implantaría un audífono por el resto de mi vida con esta canción, repitiéndose hasta que me muera. Da la sensación de tranquilidad en el paraíso, la misma que tenían los ricos antes de que se supiera todo. Una guitarra que me recuerda las tonadas hawaianas y el “pa parara paa paa para pa pa para” que tarareo hasta cuando duermo, hacen de esta rola una de las preferidas por el público presente. En la Sala vi cómo se movían los pies de los asistentes al ritmo de la música, pensé en sacar a bailar a alguien, pero solo lo pensé. Estaba demasiado emocionado.

La emoción que me embargaba fue plácidamente diluida en lo que sería la parte seria y conmovedora de la noche. Donde recordamos a los antepasados y toda su enseñanza que heredamos para entender el suelo y la naturaleza, que es de dónde venimos; de la madre tierra. Los viejos trata sobre ello, de esa sabiduría que siempre dejamos para mañana, de esas semillas que sabemos existen pero que nunca hemos dimensionado. Fue un momento acogedor. Con Alfonso Vergara dándolo todo en el clarinete por relucir esas precisas notas. No había necesidad de palabras para entender el sentido del mensaje. No olvidar.

 

 

El último tema es un viaje sin sentido, por ende, es el más confuso de todos, ergo; es el que más tiene sentido. Últimos días en casa (la misma que escuché al alba aquella primera vez), depende de cada uno la explicación que le dé. Aunque bueno, se sabe que este tipo de cosas no tienen explicación fácil. Empieza con una tranquila canción de una guitarra, un piano y el clarinete. Para luego dar lugar a un folk jazz que se extiende largo en su manifestación lúdica y juguetona. Y después caer en un silente espacio que abre las puertas de par en par a la tradicional canción inglesa London bridge is falling down falling down falling down. Terminando todo con un solo de clarinete, me sentía como un ratón en el flautista de Hamelin.

En síntesis, me sentí como ese ratón toda la noche. Fue una experiencia formidable que volvería a repetir y que recomiendo a todo el mundo, si es que se presentan de nuevo. Hay rumores pero nada es seguro, son solo rumores.

Creo haber entendido eso del “impresionismo musical”. No solamente por las sensaciones y las transitorias figuras que iban y venían, si no que por todo lo plasmado en una misma obra. Entendí que era posible deconstruir el relato para hacerlo vívido cuantas veces sea posible. Mejor, cuantas veces queramos. Un disco que no aburre. Un disco que se reinventa a sí mismo. Que es acogedoramente disperso y al mismo tiempo unifica esa imagen. Reúne todo en mil partes. Agradezco a los músicos que pudieron entregar lo indispensable para experimentar plenamente Como talar un alerce.

Y al final, sin darme cuenta, de alguna forma aprendí como talar un alerce. Así que esa misma noche les expliqué a mis amigos como hacerlo, mientras jugábamos Mario Kart.

 

 

Antonio DiMaggio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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