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Rafael Gumucio: “Soy experto en menopáusicas”

“Carmen Prado”, una atormentada mujer de la clase alta chilena protagoniza “Milagro en Haití”, la última novela del polémico escritor de 46 años.

Mie 11 enero, 2017 - Diego Montanari
Etiquetas: Erika Cabrera Milagro en Haití Rafael Gumucio
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Al cuidado de “Elodie”, una cocinera negra de paciencia infinita, “Carmen Prado”, casada con el embajador de Dinamarca en Haití, se recupera de una incierta cirugía estética en la cama de un hospital del país caribeño.

Postrada y convaleciente, la protagonista reflexiona sobre su pasado, presente y futuro desde una mirada incorrecta, satírica, deslenguada y siempre exagerada, ahondando en sus delirios oscuros y heridas más profundas.

Todo ello, bajo un telón de fondo marcado por la violencia política y la convulsión social de una patria difusa. Sobre esta novela y sus próximos pasos, cuenta el narrador, columnista y comunicador de radio Zero.

 

Fuera de Chile, has alcanzado cierta notoriedad con “Milagro en Haití” en países como Argentina o España. ¿Cómo evalúas esta recepción que ha tenido el libro?

-Yo creo que le ha ido bien. No es un libro mayoritario, no es un Best Seller, pero es un libro que ha tenido muy buenas críticas casi generalizadas. De hecho, yo diría que ha recibido un cien por ciento de buenas críticas y eso no me había pasado nunca. Además, los lectores lo han disfrutado, es una historia distinta y claro, en Argentina o en España es leído sin el prejuicio de quién soy yo. Con mucha más libertad, por lo tanto.

 

¿Cómo concibes la historia de “Milagro en Haití”? ¿Hay hechos que te inspiraron de tu propia biografía?

-Sí. Hay una pequeña raíz autobiográfica, porque mi mamá se hizo una operación parecida en Haití. Obviamente no con tanto dramatismo, pero yo conocí Haití en esas circunstancias y ése fue como el primer embrión del libro. Pero, sobre todo, lo que me interesaba mucho era crear dos personajes femeninos fuertes y con personalidades propias que pudieran desarrollarse durante el libro. Eso fue para mí muy placentero, el crear estas dos figuras femeninas y viajar con ellas.

 

¿No te costó dar con el tono femenino?

-No. Es que yo venía de escribir un libro y una obra de teatro sobre mi abuela, por lo cual ya venía como entrenado. O sea, venía inserto en ese mundo, así que fue bastante fácil seguir ahí… Eso sí, es un tipo de mujer la que me sale fácil, no es cualquiera. Parece que soy experto en menopáusicas.

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Un conocedor de la mujer, al fin y al cabo…

-Pero ellas para el hombre siempre van a ser un misterio, la gran incógnita, el gran otro. Esa es la pregunta que uno siempre se hace y yo no tengo respuestas. Yo solamente sé cómo habla algún tipo de mujer y sé transmitir su forma de pensar, pero no es que yo tenga una respuesta. No es que yo sepa cómo son las mujeres. De hecho, si lo supiera trataría de olvidarlo, porque gran parte de ese enigma tiene sentido porque sigue siendo enigma. Es mejor no saber.

 

La maternidad también es un tema que abordas en “Milagro en Haití”, ¿por qué te llama especialmente la atención?

-Porque la mujer es portadora de otro ser. Es decir, puede crear una comunidad de otros seres y eso es porque ella misma lo decide vivir o no, tener hijos o no. Al final, todos venimos de una madre y eso es muy misterioso, muy raro La relación de salir de otro cuerpo yo lo encuentro muy llamativo, interesante y apasionante, porque creo que venir de otro ser hace que uno se haga explicar también a partir de ese otro. Ahora, en el caso de “Carmen Prado”, ella es alguien que vivió la maternidad casi como una especie de fatalidad, de tortura. Pero es divertido, porque a la vez nunca hizo otra cosa que ser madre. Realmente, nunca decidió qué quería acerca de la vida.

 

¿Qué otros aspectos definen a “Carmen”?

-Es un tipo de mujer de clase alta pero, al mismo tiempo, anticonvencional, irascible y marcada a fuego por distintas experiencias que la vuelven una especie rara entre todos sus mundos. Y bueno, ella siente que hay algo que no le pertenece en su propio cuerpo y por eso necesita deshacerse de él. Por eso la operación.

 

Tanto “Carmen” como “Elodie”, ¿no existen en la vida real?

-No. En ellas sólo existen pedazos de mi abuela, de mi madre, de una tía y de otras personas, pero no existen como tal. Esta es obra totalmente novelesca. Eso sí, yo siempre mezclo la ficción con la realidad. Me nace hacerlo.

 

Por otra parte, ¿qué se viene para ti el 2017?

-Tengo dos proyectos que están más o menos avanzados. Uno es una novela para Random House, con el tema de la circuncisión que es una especie de trauma masculino. Y el otro es un libro de memorias de los ‘90 que tengo comprometido con Hueders. Así que en el papel, por lo menos, voy a tener un año muy agitado.

 

Éstas últimas, ¿son memorias tuyas?

-Sí. Son como del ‘88 al ‘98 y abarcan los primeros trabajos, los primeros amigos y también un poco sobre la política, la televisión y la prensa. Son las cosas que me tocó ver de cerca, pero no es un retrato de la época. Más bien, es la época la que pasa por ahí.

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“Soy receptivo a los ataques”

 

En estos días, ¿estás leyendo algo en particular? ¿Descubriendo algo nuevo?

-Últimamente, he estado leyendo ensayos. De todas maneras, yo elijo libros que son sandias muy caladas, que ya sé que son buenos porque otra gente me lo ha dicho. En ese sentido, no soy un gran buscador de tendencia, aunque sí de repente leo algún autor nuevo que me tincó y generalmente me llevo una agradable sorpresa. Pero la verdad es que no confío lo suficientemente en mi gusto. Por eso tengo hartos espías que me dicen para dónde va la cosa.

 

¿Utilizas redes sociales como feedback? ¿Cuál es tu percepción al respecto?

-Creo que son adictivas y no sé si concebiría un mundo sin ellas. Encuentro que me costaría mucho y no sabría qué hacer con tanto tiempo, aunque no dejan de parecerme profundamente peligrosas, sobre todo cierto gérmenes de fanatismo. Aparte que tanta información, tanta ironía y tanta opinión parecen jugar un poco en contra.

 

¿En qué sentido?

-En que gente como Donald Trump, Putin y otros líderes hoy llegan más fácilmente que nunca a su objetivo. Hay un exceso de accesibilidad.

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Dices que te sobraría tiempo sin ellas…

-Sí, es que yo las uso bastante. Incluso, más de lo que yo quisiera. Es que a mí siempre me ha gustado mucho opinar y claro, al principio uno lo ve más como un juego, pero ahora ya me ha dado un poco más de miedo opinar.

 

¿Miedo?

-Sí, cada vez un poco más. Cada vez me da miedo pisar el acelerador y encontrarme con horas y horas de picarme. O de disculparme. O de ausentarme. Me ha pasado y es una lata porque, a la vez, la gente quiere tener su propia opinión, pero que ojalá sea la misma de los demás. Entonces, yo me pregunto, si vas a opinar igual que el resto, para qué tener tu propia opinión.

 

¿Te afectan las críticas?

-Sí, me duelen. Pero no me impiden seguir. Quizás, porque soy un testarudo o porque no sé hacer otra cosa; más bien, creo que lo segundo. He sobrevivido solo porque no sé hacer nada más, aunque eso la gente no lo sabe y lo considera como un gesto de valentía. Pero sí, evidentemente soy receptivo a los ataques, sobre todo cuando se trata de trabajo.

 

Son los costos de expresar la opinión sin tapujos, como es tu caso. Más de una vez se te ha increpado por eso.

-Lo que pasa es que, cuando se trata de mí, no me importan los ataques, porque generalmente la gente que me conoce, no tiene tan mala opinión de mí. Y los que sí tienen mala opinión de mí, es muy mala, así que nada que hacer. Lo que quiero decir es que el odio contra mí no me importa; más bien, estoy acostumbrado. Sin embargo, lo que me resulta complicado es cuando el ataque es hacia mi trabajo. Quizás, porque estoy más inseguro de mi trabajo que de mí.

 

¿Cuánto así?

-Cada vez menos. Algo que hasta hace muy poco no me pasaba, pero que ahora me pasa, es que algunos de mis últimos libros hasta a mí me han gustado. Antes, en los libros míos había cosas que me gustaban mucho y otras que no me gustaban nada, pero ahora es distinto. Generalmente, son libros que elegiría si yo fuera un lector.

 

Por Erika Cabrera

 

 

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