CRAWLER

IDLES

Mar 07 diciembre, 2021 - Diego Montanari
Etiquetas: CRAWLER Idles Pablo Rebolledo Bañados

Seamos sinceros/as/es, la banda británica de hardcore Idles debía harto desde que lanzaron “Ultra Mono” en 2020, tal vez por ser percibido como una segunda parte muy clara de lo que fue su gran hito discográfico con “Joy as an Act of Resistance” (2018), donde los himnos sobraban y la energía proponía. No es tampoco que la placa que sucedió a este clásico moderno haya sido un paso en falso, pero se percibió flojo o asegurado, dejando el beneficio de la duda de que podrían hacer estos chicos rabiosos e irreverentes de Bristol ahora.

Para el alivio colectivo, el grupo de alguna manera quiso aprovechar la oportunidad de grabar un disco nuevo con la intención de pulir, relucir e innovar con el sonido sucio e imponente con el cual han trabajado desde 3 discos atrás. Con eso, la apuesta debía subir, no caer en el auto plagio y seguir expandiendo ese sonido rebelde y potente con el cual han jugado desde el principio de su carrera musical.

“CRAWLER” es el nombre de su cuarto disco de estudio, y es una clara manifestación de como el lenguaje positivista y unitario combinado de su sonido destripado pero directo puede tender a romperse. Y es que son los tiempos, son los hechos históricos que también han ocasionado revueltas sociales en el mundo, esos vasos de depresión que van siendo servidos por los demonios e inseguridades que causan que nuestra salud mental simplemente se degrade, y que las injusticias sigan siendo un pan de cada día. En resumidas palabras, el pesimismo que adopta Idles tiene algo de esperanza, pero la crudeza permite dimensionar que este disco es una carta personal donde la interiorización se convierte en una libreta de notas con los escritos más honestos y viscerales que Joe Talbot, su carismático frontman, ha escrito en mucho tiempo.

Tomemos por ejemplo el oscuro y ambiental comienzo que nos trae “MTT 420 RR”, se respira la decadencia en todos su espectro y sonidos fúnebres, los cuales nos meten de lleno en una narrativa de ayuda y de pena en su expresión. Incluso, aprovechando su localidad, hacen un guiño notable a “Angel” de Massive Attack al comienzo, donde la línea de bajo es la misma, convirtiéndose en una salida hacía algo peor. Talbot nos prepara para la tormenta, lo grita al final con una intención profética, el sabe que el destino lo preparó y que este dicho lo entona desde el abismo mismo, donde nada está ordenando y la batería entra sin intención de seguir su patrón, junto a un acumulo de efectos meditados que crean una sensación espeluznante. Es un punto donde todo comienza a transformarse en un turbulento desenlace que mantiene a los/las/les auditores/auditoras pensando que todo terminará. La realidad es que esta música enferma simplemente comienza.

“The Wheel” es en cambio un tema turbio en su intención, es casi como una carretera alcoholizada y azotada por su propia actitud autodestructiva. Y es que esa rueda gira y gira, solamente anticipando que, de primera instancia, todo crece para empeorar las cosas, y es que gritarle a la nada que si puede llegarle un milagro (Can I Get a Hallelujah?) se puede interpretar como un grito desesperado de ayuda donde no la hay. “When The Lights Come On” es una resaca que tiende a hacer temblar su bajo subterráneo con guitarras que – en la parte trasera de la habitación- replican ruidos del pasado y de la noche anterior, incluso la interpretación vocal tiende a estar más cansada. Es un arrepentimiento sentido, medido y revuelto entre tanta tensión interna.

“Car Crash” es detonante de todas las ideas insanas y deprimentes, mostradas con una alta dosis de peligro y autosabotaje, donde la suciedad del alma se inclina con un fin de destrucción personal donde toda virtud se olvida. Imagínate como el conductor/a/ de ese auto, mientras esa voz distorsionada y poco agradable llega a descontrolarse, perdiendo juicio y humanidad, solamente queriendo chocar todo a su alrededor. Incluso, en esa guitarra de entremedio, que es entre egipcia u oriental, hay algo de paz antes de chocar las penas antes del impacto, es como si el acto del atentado contra uno/a/e mismo/a/e fuese la solución. 

“The New Sensation” es una clase de aeróbica/zumba/gimnasia que entusiasma desde su primer segundo marcando con esa batería totalmente bailable de la vieja escuela del punk. Una que incluso nos da espacio para el relajo con una canción más entretenida pero no menos pesada en su ejecución, y es interesante, porque si bien las guitarras se meten en partes muy específicas, estando casi fuera de toda la canción, el bajo/batería con la voz van siendo el motor de todo el track, intercambio roles. Una coreografía que irónicamente baila con todas las heridas de los temas anteriores.

En “Stockholm Syndrome” el bajo parte pesado y sin querer descansar, afrontando túneles densos y sonoridades llevadas más de una agresividad pausible. El relato se siente duro en su exposición, sin tantos matices o pausas, simplemente burlándose al respecto de las desgracias, con palabras más fuertes y directas. En el fondo es un desquite con las personas que aparentan cierto valor por el conocimiento o cosas que ostentan, y como no lo usan para enseñar.

“The Beachland Ballroom” es sencillamente la canción más hermosa y triste que la agrupación de Bristol ha compuesto desde que comenzaron este camino. Es una de las piezas más cariñosas y emocionales del disco, es una oda al/la/le desalmado/a/e que no tiene un refugio seguro, y que se adentra en una profundidad queriendo solo cambiar. La aceptación de que hay algo dañado, que lleva tiempo transformándose en una cicatriz que tiene que sellar, y que solamente la persona misma ha abierto por capricho y autosabotaje. Todo acá es real, es profundo y potente, es un sello de la banda aplicado en una clave que funciona y emociona hasta más no poder.

“Crawl!” es una alentada a ese pensamiento que lleva al protagonista a estar avanzando, y darse cuenta que solamente hay que trabajar para crecer en la madurez de su desarrollo. Se siente una pureza y un alma guerrera que busca entre esas guitarras más surf, una ola que manejar después de tanto destrozo interno y externo. El tremolo que utiliza “Meds” al principio comienza la carrera hacía la rendición, donde la normalidad de cada uno/a/e no es la misma, y los estigmas que la sociedad implementa potencian las ganas de escaparse de estos ideales morales que usualmente se usan para enaltecer el ego. Es un tema clásico en su estructura, energía continua, enfoque en las letra y en este caso agregan un saxofón desaliñado que permite expandir la insanidad propuesta, con acordes que fallan en sus espacios, pero agregan sentido narrativo al asunto.

“Progress” procesa todo en una masa de efectos oníricos que no acomodan al la/el/le oyente de reflexionar, tomando en cuenta que esta canción es tomada desde un rasgo experimental que solamente contempla empezar darle inicio al climax de este asunto. Todo se arma, se potencia y tiene un aura cargadísima en su alrededor musical. “Wizz” podría ser perfectamente desechable, pero en 30 segundos hace honores al punk hardcore más visceral y sucio, cumple, para después darle inicio a algo más animoso con “King Snake”, que es algo asó como una mañana en donde todo funcionó, y se está listo/a/e para lo que podría ser el camino hacía la aceptación, haciendo retroceso de los demonios, identificándolos y ahora burlándose de ellos.

“The End” es un himno de la superación personal, tomando los abruptos y tenebrosos guturales de fondos como el inicio del equilibrio, mientras la letra profetiza con sus alter egos y empieza a decir de manera decidida que a pesar de todo la vida es hermosa, y hay que tenerla presenta ante cualquier cosa. Ese coro levanta almas muertas, y la energía es imponente, simplemente es un cierre bonito para este testimonio que dejó todo ensangrentado pero dispuesto a enseñar algo con esto.

Idles abre una caja de sorpresas acá, pues expone una temática como la salud mental y la decadencia de manera seria y acertada. La movida del spoken word más nihilista, con también temáticas existencialistas con las perspectivas autodestructivas que propone. Con esas temáticas, la banda explora una sonoridad que afina mucho el trabajo de las guitarras y sus característicos adornos, donde ahora se percibe una precisión más acertada de su ejecución, creando ideas percutivas y salvajes, como también ambientales y totalmente oníricas.

La interpretación vocal de Joe Talbot tiene un gran punto a favor acá, debe ser de los detalles que logran crear la dinámica que este disco necesitó para conectarse con experiencias oscuras y duras en su relato. Expande más allá del gruñido británico que expele, conecta su garganta con las lagrimas vertidas que describe, con sus procesos e intimidades, se convierte en un escritor y cantante experimentado y que logra vulnerar sus tonos con tal de entregar la veracidad de su testimonio. 

La producción tiene más matices y elementos donde juegan más con los espacios, dándole cierta creatividad a la composición y estructura con la que se construye cada canción de este disco. Es como si todo fuese algo más premeditado, hay intensidad y energía de sus primeros discos, pero resulta que esa misma la van ejecutando de manera distinta, y eso puede llegar a ser un punto a favor del track x track, pero tal vez un tropiezo para captar la atención de el/la/le oyente.

“Crawler” es el álbum más ambiciosos- hasta ahora- del grupo de Bristol, donde la madurez y la adultez pegan fuerte con letras sumamente profundas, sin así quitarle la irreverencia, fuerza y dedicación que Idles siempre le ha agregado a sus temas. Tiene ideas muy interesantes de por medio, juego con ambientes distintos a los que se está acostumbrado con el grupo, y siempre muy fiel a su localidad, y a esa manera tan especial de contar historias donde nuestra cotidianidad se convierte lentamente en una prisión de la cual queremos solamente escapar. Sublime.

Por Pablo Rebolledo Bañados

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