El Hoyo: “El poder del hambre”

Exclusiva de Netflix

Jue 09 abril, 2020 - Diego Montanari
Etiquetas: El Hoyo Galder Gaztelo-Urrutia Valentina Armijo

 

 

Hay tres tipos de personas: los de arriba, los de abajo, los que creen. Así empieza “El Hoyo”, el primer largometraje de Galder Gaztelo-Urrutia, director español que tiene de referentes películas como Taxi Driver y La Divina Comedia, obras en las que el diálogo interno no siempre va con lo que se termina comunicando, y principalmente donde la traición es sinónimo de sobrevivencia.

 

Desde el comienzo escuchamos a alguien golpear algo contra un metal, la melodía de un violín yendo rápido, como con apuro, que luego es complementada por el sonido de cuchillos siendo afilados. Se deja clara la perturbación como ingrediente principal. Pero esto no es sorpresa, la película toma lugar en un futuro distópico, sinónimo de mal lugar.

 

Hablando de territorio, “El Hoyo”, es una prisión con estructura vertical que conocemos cuando llega Goreng, un joven que entra voluntariamente por un título homologado. Su compañero de celda es Trimagasi, un viejo que está allí por matar a una persona con su televisor tras lanzarlo por la ventana porque se hartó de un comercial. Le encanta usar la palabra obvio. La celda es una sala gris que en el medio -a cierta hora del día- una plataforma tipo mesa de cemento pasa con comida para todos los gustos. Eso sí, solo alcanzas a comer por unos minutos antes de que avance, y de forma decente si estás en un buen nivel. Cada mes te cambian, por lo que puedes estar arriba, significando comer decente pero pensar más, o estar abajo, significando comer algo con aspecto repulsivo o no comer en absoluto y encontrar otra forma de callar la mente. A veces solo llega una mesa con loza. Y a cualquiera le puede tocar arriba o abajo.

 

Nadie es superior. Incluso si es posible comer. La comida cumple con saciar el cuerpo pero no la mente llevando a todos a encarnan la peor versión del ser humano en algún momento; no obstante, esto no quiere decir que no posean cierto encanto. De alguna manera, cada personaje posee diferentes sombras de vivir con delirio, egoísmo, locura, ridiculez, desesperación, consiguen sacarte una risa, hacerte sentir miedo o preocupación, incluso tristeza.

 

Y lo visual, más que apoyar lo que va sucediendo, lo enfatiza. Sobretodo al tomar control la luz roja que protagoniza las escenas aumentando la sensación de ira, pasión, urgencia y peligro. Es como si apareciera para gatillar al personaje, estar ahí para su siguiente acto.

 

 

Gradualmente, esta cinematografía muestra sin duda las vueltas y los costos de la sobrevivencia. Sin clases sociales, sin color de piel o color político. Incluso con la audiencia determinando que la trama se centra en el capitalismo.

 

A pesar de no haber sido muy exitosa en su lanzamiento en los cines en noviembre del año pasado, Netflix le ha dado una nueva oportunidad de triunfar la atención de muchos ubicándola como número uno en Estados Unidos y número siete en Chile.

 

En una palabra: perturbación. Algo que te haga dudar, que te genere catarsis, tanto en la mente como en el cuerpo para que haya cambio, para un mejor sobrevivencia. Ése es mi mensaje.

 

Por Valentina Armijo

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